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Casa de Cultura

Exposición de Pintura:

RAMÓN ISIDORO
NA VEIGA
PINTURAS 1997-2001

 

Sabéis cuál es mi tarea:
arrastrar el mar hasta orillas imposibles,
tratar de contener la pasión del día,
intuir en el silencio el acento del hombre.
(A. Bermúdez)


UNA TARDE LLUVIOSA Y SOLEADA

Miradme una vez más y todavía,
miradme hasta el desmayo y la agonía...
Miradme viso a viso
y moriré en olor de paraíso...
(Gerardo Diego)

A través de algunas fotografías conocía la casa taller -¿o mejor el taller casa?- de Ramón Isidoro; a través de textos de algunos de los exégetas que me precedieron en el estudio de sus obras conocía su proximidad a la poesía; a través de algunas de sus palabras supe que la música también juega un importante papel en cuanto crea.

Una tarde, lluviosa y soleada pues ambos accidentes climatológicos pueden darse en breves lapsos temporales, penetré en su taller casa y vi -que no leí, ni escuché- sus libros y sus músicas. Así pude entender el por qué -al igual que la tarde nos presentaba sus dos caras- Ramón Isidoro siempre dispone en dípticos sus pinturas. Caos y orden, éxtasis y desasosiego, realidad e invención, simplicidad y exuberancia, clamor y silencio, ausencia y presencia, opulencia y escasez se enfrentan en sus telas para representar lo que, sin duda, son reflejos de su estado anímico. Vacíos en ocasiones, otras veces pletóricos y, casi siempre, como la tarde lluviosa y soleada, ejercicios duales en los que el título se apropia de la totalidad, como por ejemplo en las pinturas tituladas Green -verde- o Rojo, en las que una de las partes del díptico -o de la composición cuando se trata de piezas resueltas en una superficie única- deja a la otra parte el solo pero complejo valor de la contraposición.

Todos y cada uno de sus anteriores comentaristas han encasillado a Ramón Isidoro dentro del expresionismo abstracto y han emparentado su obra a la de Morris Louis, Rothko, Barnett Newman, Olitski y otros. Y también han introducido el término paisaje, tanto por la representación de atmósferas, la introducción de horizontes y la inclusión de materiales térreos mezclados con pigmentos, como por la utilización del formato apaisado al que, desde hace bastantes años, viene recurriendo el artista. Todo esto era válido hasta hace poco tiempo, ya que desde su Serie Valente el paisaje, siempre fórmula y nunca precepto, parece estar comenzando a desaparecer. Y su desvanecimiento está haciendo germinar otro género artístico: el del retrato; un retrato que lo puede ser del paisaje pero que, a la vez, puede ser un autorretrato. La esencialidad, tantas veces aludida y tan manifiesta en sus pasadas etapas deviene ahora más elemental. Y si anteriormente sus maneras le aproximaban inequívocamente a los expresionistas abstractos, en los trabajos que componen la serie citada se ha ido decantando hacia el minimalismo, algo que se intuía y que se ha materializado hasta hacer desaparecer el influjo de aquellos maestros americanos y dejar entrever -por citar a alguien- el de Robert Ryman.

La Serie Valente constituyó un obvio homenaje a otro poeta que, como Ramón Isidoro, ha cantado primero al pueblo o al espacio geográfico que ocupaba, hasta llegar a una poesía cada vez más introspectiva y en la que la descripción conceptual prima sobre lo objetual. El díptico, dual por propia naturaleza, perdió la anterior simetría y se transformó en conjunto modular en el que una de sus partes es diminuta y se opone a la otra, más grande, que es múltiplo exacto de la pequeña. Fue una suite corta pero intensa y en la que incluso realizó una mínima incursión en la cerámica, técnica con la que consiguió un par de obras que en nada desmerecen las pictóricas. La insistencia en el tratamiento de las superficies, la desaparición del color -aquí apenas sugerido por las capas de barniz que amarillean los blancos planos- y el enfrentamiento con el oropel del pequeño módulo compositivo es cuanto necesitó el pintor para atraer nuestra mirada y hacernos pensar.

Tamaña economía de medios, ineludiblemente, habría de conducirle a algo distinto. Y lo distinto son unas obras que comienzan a surgir de la nada, siendo ellas mismas y en apariencia casi nada, pero que, al igual que siempre, son el resultado de la eterna fluctuación y de la oposición entre vacíos pletóricos y ricas carencias. Las superficies han ido perdiendo en esplendor cromático al tiempo que se han poblado de fragosidades que anticipan una posible inquietud por el volumen-siquiera perceptible- y hasta por las roturas y los huecos que producen las distintas tensiones producidas por el secado de las sucesivas capas. Con ellas quedan valoradas las delicadas modulaciones de los fondos y se crea una atmósfera difusa que puede tener una lectura aérea, casi galáctica, que se irá depurando, no podría esperarse otra cosa, a medida que la serie vaya aumentando en número del mismo modo que ya lo ha hecho en tamaño. En cualquier caso, como en los versos de Gerardo Diego que figuran en el exordio, estas nuevas obras de Ramón Isidoro exhortarán a una mirada cómplice, participativa y, si se quiere, punzante. Así, tras el sufrimiento, penetraremos en su paraíso.

RAMÓN RODRÍGUEZ


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Última actualización: 08-Mar-2002
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