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Herminio o la insólita
levedad
Cada nueva aparición pública de la obra de Herminio
constituye una sorpresa que se va acrecentando , en ocasiones, por
el aparentemente inexplicable equilibrio de voluminosas piezas;
otras veces lo es por la increíble levedad de aquellas de
sus obras en las que unos simples hilos metálicos "dibujan"
un paisaje, o un árbol, o un interminable horizonte o, simplemente
, una línea. Y más recientemente, apurados hasta términos
inverosímiles los equilibrios y las tensiones, han transmitido
una nueva vuelta de tuerca al introducir el movimiento en algunas
de sus piezas a las que, así, además de sus intrínsecos
valores, añade nuevas incógnitas.

De siempre, la obra de Herminio ha tenido ese punto de atracción
- conste que introduje el término sin darme cuenta de que
esta condición es el alma de gran parte de sus trabajos,
grandes o pequeños que precisan las manifestaciones artísticas
no sólo para que lleguen al público, sino para que
calen en él. Por lo que sea, con toda posibilidad por ese"
juego" al que Herminio nos tiene acostumbrados, independientemente
de que ojos inexpertos las miren de otra forma y se queden en la
superficie de la interrogación curiosa, también hay
otro tipo de espectadores que van - que intentamos ir más
allá - hacía el debate indagador.

Sobrepasado el umbral de lo anecdótico, aquél en
el que con toda posibilidad se queda un buen número de contempladores,
se nos ofrece un Herminio poseedor de un singular lenguaje estético;
sus instalaciones tienen toda la "fuerza" de los grandes
volúmenes, del aire que los circunda y de esa otra fuerza
invisible que desempeña un papel trascendental; pero lo mismo
ocurre cuando las masas son sustituida por alambres metálicos
que trazan líneas, que horadan el espacio y que le confieren
nuevas dimensiones. Y ya antes expresé que lo mismo ocurre
cuando la obra, por mor de la adecuación a otras necesidades,
se queda encerrada en las cajas que ha venido utilizando el artista
para expresarse. Se pierde así la noción de lo grande
y de lo pequeño, pues lo uno puede ser lo otro y viceversa.

Cuando en el primero de los párrafos de este escrito me
refería a la introducción del movimiento en algunas
de sus obras hacía abstracción de ese otro movimiento
inevitable al que Herminio viene venciendo: el de la gravedad. Pero
no es este él que ahora quiere resaltar, sino el de la combinación
de la fuerza gravitatoria y el del movimiento real conseguido mediante
poleas y ruedecillas que se valen de pequeños motores para
oponerse al magnetismo y hacer que la pieza esté en continua
mutación.
Llegamos así al creador indagador que desea ver más
allá y no conformarse con lo obvio; al propio tiempo, también
es la plasmación de la oposición de fuerzas, algo
que, inevitablemente, habría de producirse en la trayectoria
de un artista que, antes lo hemos dicho, está en continuo
exámen de las posibilidades expresivas de los campos de fuerzas.

Todo lo dicho hasta ahora no hace sino convalidar la plena vigencia
de la obra de un artista que ha ido atravesando etapas a la velocidad
que le requería su tardía incorporación al
arte ; es decir, tratando de llegar cuanto antes a la utópica
meta de la coherencia expresiva y creativa, al estadio no menos
etéreo de la comunicación espectador/creador, y también
a esa otra cuestión, quizá muy poco valorada pero
no por ello menos importante, de la reflexión ante la propia
obra, algo que desgraciadamente llevan a cabo con intensidad muy
pocos artistas. Y en el caso de Herminio, la levedad, ya hemos titulado
que insólita, acrecienta la valoración y lectura de
una de las obras más originales de estos inicios de siglo.
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